La crisis eclesial continúa en pleno vigor y muchos se encuentran como paralizados sin saber la dirección a seguir. Ante esto, algunos cristianos optan por soluciones excesivamente unilaterales: por una parte están los que han decidido alejarse de la institución y vivir un cristianismo a su medida, otros optan por regresar a un estilo de Iglesia preconciliar, enemiga de la secularidad, limitada a ser una mera institución religiosa en medio de una sociedad que ven desacralizada, creyendo que así van a solucionar la crisis.
Reconocer la necesidad de reformas en la Iglesia es posiblemente la respuesta más realista y eficaz a la actual situación. Ahora bien, no toda reforma en la iglesia es una verdadera reforma eclesial. Debemos a Yves Congar la redacción de un libro estupendo (“verdaderas y falsas reformas de la Iglesia”) que nos señala los criterios para que una reforma sea verdadera en la Iglesia. Es un libro de los años 50 por el que fue duramente perseguido por la burocracia clerical del momento, siendo después rehabilitado, nombrado cardenal y convirtiéndose él (y su teología) en uno de los padres del milagro del Concilio Vaticano II. Una muestra más de cómo el mero seguidismo de “los que mandan”, muchas veces, nos hace colaborar con el error y el mal.
